Los dramas humanos se desarrollan, muy a menudo, en esos lugares remotos
En abril de 2005, luego de haber estudiado Derecho y realizado sus primeras experiencias profesionales, Christine Cipolla fue contratada por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR). Hoy es la Directora Regional de Asia y el Pacífico. “Para mí, era algo obvio, porque siempre había querido estar lo más cerca posible de las víctimas de las guerras.”
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Había comprobado, con amargura, que la inhumanidad me chocaba. No lograba aceptar que algunas personas, de buena posición, educadas y de alta extracción social, vivieran en la opulencia, gozaran de todo tipo de facilidades y que otras, con menos suerte, nacieran bajo cielos turbulentos, sufrieran los horrores de la guerra, vieran sus vidas repentinamente destrozadas, con padres que pierden el rastro de sus hijos y con seres que desaparecen para siempre. Iba a consagrar mi vida a ello, a convertirlo en un sacerdocio. Como no podría hacer nada para impedir el los males de las personas, acudiría a sanar sus heridas.

Durante doce años, iba a poder vivirlo de la forma más cercana posible. Mis misiones me llevaron a Asia, a Medio Oriente y a África. Los dramas humanos se desarrollan, muy a menudo, en esos lugares remotos, fuera del alcance de la atención internacional, donde todos los días hay personas que pierden la vida, que se ven obligadas a abandonar todo, a huir más lejos, hacia sitios más seguros, a salvo de las armas y su furia. Parten sin tener opción alguna y, en la gran mayoría de los casos, mueren. Todo se desarrolla sin ruido, sin estrépito, allí donde el mundo olvida. Algunas guerras transcurren en silencio.

Recuerdo perfectamente a una madre en particular. Pese a sus escasos medios, se vestía con sus mejores ropas, era tan digna. Guardaba en su bolso la comida que, contra viento y marea, debía llevar a su hijo, que se hallaba en prisión. Cada vez que se presentaba en la puerta de la cárcel, los guardias le negaban la entrada, nada tenía que hacer allí una mujer débil, sin relaciones y sin un hombre, sin poder alguno. No le quedaba más opción que regresar a su casa, con la comida intacta y el corazón destrozado. Yo no había podido tener acceso a esa cárcel, no podía ver a su hijo ni darle noticias de él y esa situación me afectaba. La realidad era dura, yo solo servía para escuchar los lamentos de una madre profundamente angustiada.

La fuerza y la determinación de esa mujer me impulsaron a actuar, a negociar, a insistir, a enfrentar las negativas, a hacer uso de toda mi tenacidad. Meses más tarde, tuvimos acceso no solo a esa cárcel, sino también a todas las demás. Esos sufrimientos nos llevan a actuar con una fuerza indescriptible.

Y luego, sobrevino esta guerra civil, que duraría más de dos décadas. Habíamos vivido en el centro de los combates durante largos meses. Tuvimos que negociar de manera firme para permanecer lo más cerca posible de las familias, que se veían obligadas a huir constantemente y a desplazarse en función de los ataques. En una violencia sin precedentes de bombardeos y tiros de mortero, las tropas de ambas partes de ese conflicto simétrico se encarnizaban. Prácticamente, no había límites ni barreras. Tres de nuestros colegas fallecieron, y otros resultaron heridos. Intenté todo, velé noche y día para tratar de preservar a los civiles, acosé a los mandos militares para que respetasen el derecho internacional humanitario. No pude hacer nada para evitar esos dramas, ni siquiera logré ofrecer un funeral decente a mis colegas, no había un espacio donde enterrar dignamente sus restos. Los recuerdo todos los días. Lo dieron todo, eran colegas extraordinarios.

Pese a estos dramas, en esa guerra también hubo logros y vidas salvadas. Durante largos meses, habíamos establecido un sistema marítimo de evacuaciones médicas de heridos. En el transcurso de esas travesías, que duraban horas para llegar a zonas más calmas, se creaba un espacio de humanidad puro. Los rostros doloridos, los cuerpos heridos, al límite de sus fuerzas, con los miembros rotos, amputados, destrozados. Se aferraban a la vida, a la supervivencia. Los habíamos acompañado a encontrar una dignidad temporaria.

Nunca olvidaré a estas mujeres resistentes. De un momento a otro, habían pasado al olvido, sin un mañana, sin esperanza. Dependían de los hombres y, tradicionalmente, atendían a la familia. Cuando los hombres se fueron a combatir, seguidos por sus hijos, se encontraron sin recursos. Luego, los maridos, los hermanos y los hijos murieron o estaban detenidos. En esas circunstancias, era imposible mantener a la familia. Pasamos horas hablándoles, contactándolas, derribando las barreras culturales y lingüísticas, estábamos entre mujeres, entre nosotras. Poco a poco, se fueron abriendo, se levantaron las barreras y se estableció la confianza. Habíamos pensado en algunas iniciativas microeconómicas para devolverles la dignidad. Tenían que volver a levantarse, la madre es el eslabón que une a las generaciones. Esos proyectos, de los que ellas habían decidido el contenido, tuvieron un impacto excepcional en sus vidas, iban recuperando la esperanza y los niños podían volver a la escuela. Era extraordinario. Muchos años más tarde, esos proyectos siguen siendo viables.

Estas experiencias me han marcado. Al compartirlos, comparto un pedazo de mi alma. Es la vida de una persona, ante todo, humana y, después, humanitaria. Enfrentarse, escuchar, comprender, salir de la zona de confort, comprometerse con una causa humanitaria. Este es mi viaje. Son mis experiencias. Continúan motivándome en mi vida diaria. Ciertamente, los sacrificios son necesarios y numerosos, pero se compensan con la riqueza de haber podido vivir esos instantes desde tan cerca. Tuve el inmenso privilegio de poder experimentarlo, de conocer a muchos colegas extraordinarios que, todos los días, en los lugares más complicados del mundo, son nuestros parientes, nuestros dobles, sin los cuales nada es posible. Deseo aprovechar esta oportunidad para agradecerles a cada uno en particular.

¿He podido salvar vidas? ¿He podido aportar al menos un poquito de humanidad? Solo las víctimas podrán decirlo.

Christine Cipolla

ICRC, 2005

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Cuando se incluye a las mujeres, las negociaciones de paz tienen un 35 por ciento más de probabilidades de éxito.

– Council of Foreign Relations (CFR)

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